Catas

Nueva añada de un vino único…

    Hablar de sacrificio, de esfuerzo, de superación, de trabajo en equipo, de constancia. De creer en la tierra, de observarla, de respetarla, de interferir lo mínimo en lo que la viña te da. Hablar de esto es hablar de un vino… Un vino diferente, sí, ¿por qué negarlo? Un vino que ha sido el sueño de una pareja durante años y que hoy es realidad.

     

    He visto con mis ojos cómo se mimaban esos viñedos de entre 20 y 70 años de Monastrell procedentes de 13 parcelas de la zona de La Raja (lo más al sur posible de la DO Jumilla donde el clima es prácticamente desertico), cómo se seleccionaba lo mejor de cada viña, cómo se vendimiaba a mano intentando no dañar en absoluto la uva, ¡llegando al límite de la ternura! Pequeñas cajas de 15 kilos y con la separación suficiente entre el comienzo de una y el final de otra para que en ningún momento la uva se pueda chafar ni estrujar, para que no sufra en su corto trayecto de camino a bodega, en un trayecto no superior a los 10 minutos (en el momento que despojamos al racimo de su viña comienza la oxidación por lo que es esencial que ese margen hasta su entrada en bodega no sea amplio). Un trayecto de sólo 10 minutos en los que la uva, tan cómoda ella, viajaba en una cabina refrigerada hasta llegar a bodega y donde un grupo de, llamémosles, idealistas, la esperaban, o la esperábamos, para pasarla por una doble mesa de selección antes de su entrada en depósito.

     

    Depósitos troncocónicos inversos (el sombrero de menor grosor y esta forma inversa permite prensados más suaves y menos agresivos) de 7.000 litros vieron a la uva fermentar, controlando cada día, cada hora, su temperatura. Remontados diarios para un mayor desarrollo de las levaduras (autóctonas) y una mayor homogeneización del contenido.

     

    Tras la fermentación, llega la crianza durante 5 meses en barricas de roble francés de 240 y 450 litros de primer año de cuatro tonelerías (Seguin Moreau, ANA, Saint Martin y Sauri). En estos meses, en estas barricas, ha terminado de crecer, de ser diferente, especial.

     

    Llega el embotellado, el lacrado, el etiquetado. Todo un equipo ha estado detrás de que nada fallara. Midiendo cada milímetro la posición de las etiquetas, acariciando cada botella antes de guardarla en sus cajas para que salga perfecta. Nada puede fallar, nada puede romper una cadena que empezó tiempo atrás en el viñedo.

     

    Cariño, dedicación, pasión, entusiasmo, profesionalidad, trabajo… Todo ello ha dado como resultado la nueva añada de Macho Man Monastrell. Una añada 2016 de la que se han elaborado sólo 103.000 botellas.

     

    Cada día respiro los aromas de esta zona de Jumilla (el paraje de La Raja), situada entre las sierras de El Carche y La Pila: el romero, el tomillo, la tierra… Descorchar una botella de este 2016 es eso, es sentir la brisa del mediterráneo en una copa de vino, es el terruño, es su procedencia, y son sus puestas de sol y otra infinidad de cosas que no pueden hacer más que emocionarte.

     

    “Ladran, señal de que cabalgamos”

     

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